Podrías agitarla sin parar, pero lo interesante es verla caer despacio.
Ahí es donde pasa todo, hojas que suben, bajan, giran… y sin darte cuenta tu también cambias el ritmo.
La mirada se queda, la respiración baja y el tiempo se detiene.
¡Y cada vez que la mueves, vuelta a empezar!












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